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Lectura del día:1

El Libro lleva el nombre de Samuel, el juez que ungió a Saúl y a David, los dos primeros reyes de Israel, cuyas historias se narran en 1 y 2 Samuel. En la Biblia hebrea, 1 y 2 Samuel eran originalmente un solo Libro. Los traductores griegos (siglo II a.C.) que lo dividieron, utilizaron los nombres 1 y 2 de los Reyes.

TEXTO CLAVE: 7:16 Tu casa y tu reino continuarán para siempre delante de mí,[a] y tu trono estará seguro para siempre”.

TÉRMINO CLAVE: «DAVID» El nombre de «David» aparece más de 200 veces en este Libro que se centra por completo en la época en que él fue rey de Israel.

RESUMEN DE UNA SOLA FRASE: El reinado de David sobre Israel incluyó momentos de júbilo, como su conquista de Jerusalén y la promesa por parte del Señor de una dinastía eterna, pero también momentos de fracaso, como su adulterio con Betsabé y la traición de su hijo Absalón.

El segundo Libro de Samuel continúa la historia de cómo Dios estableció Su reino a través del liderazgo de la monarquía en Israel. El Libro empieza con un recuento de los triunfos del reinado de David, primero sobre la tribu de Judá (2:1-32) y luego sobre todo Israel (5:1-12). David aseguró las fronteras de Israel, subyugó a sus enemigos y trajo prosperidad al reino incipiente. El pacto davídico es el núcleo teológico del Libro (cap. 7). Dios prometió a David y a sus herederos un linaje eterno que gobernaría sobre un reino eterno (7:12-16). El rey davídico era el hijo adoptivo de Dios, que gobernaba en el nombre del Señor y gozaba del cuidado providencial de Dios. Esta promesa del pacto se convirtió en la esperanza mesiánica del pueblo de Dios. Esta promesa se cumple en el Hijo más grandioso de David, Jesucristo (Luc. 1:31-33).

El pecado de David y Betsabé cambia el tono de la historia que va de los triunfos de David, a sus crecientes problemas (11:1-27). El profeta Natán pronunció un oráculo divino de juicio contra David por su pecado con Betsabé (12:1-23); pero a diferencia de Saúl, que intentó justificar su pecado, David confesó los suyos ante el Señor (12:13). El niño que fue concebido murió. Sin embargo, Dios dio a Betsabé un hijo, Salomón, a quien el Señor amó (12:24-25). Dios continuó revelando Su voluntad a David a través de los profetas Natán y Gad y los sacerdotes Sadoc y Abiatar (12:1-14; 15:24-29; 24:11-14). Además, Él fue misericordioso al salvaguardar a David durante las rebeliones de Absalón y Seba (caps. 18; 20). La última sección del Libro es un apéndice de la carrera de David como el ungido de Jehová. Aquí el énfasis recae en la alabanza de David por las misericordias soberanas del Señor Dios y los poderosos guerreros utilizados en el servicio del rey (21:1–24:25). Las historias de hambre, guerras y pestilencias, consecuencia de los pecados de Israel, eran recordatorios apropiados de que ningún rey estaba por encima de la palabra de Jehová.

(2) Llevar una vida justa no garantiza que la vida será fácil y sin preocupaciones. David también tuvo problemas en su familia: su propio hijo incitó una rebelión en su contra y se autoproclamó rey de Israel (14: 1– 18: 33). Además, la grandeza puede traer consigo la soberbia, como lo vemos en el pecado de David cuando ordenó que se hiciera un censo del pueblo a fin de vanagloriarse del poderío de la nación (24: 1-25). No obstante, la historia de este héroe caído no termina en tragedia. Después de arrepentirse, David pudo restaurar la paz con Dios y su relación con él, pero aun así tuvo que lidiar con las consecuencias de sus pecados (12– 20). Estas consecuencias lo acompañaron durante el resto de su vida, recordándole sus actos pecaminosos y su necesidad de Dios.

2  Samuel, resalta las cualidades del carácter de David que imitan el carácter de Dios: la fidelidad, la paciencia, la valentía, la generosidad, el compromiso, la honestidad, al igual que otras características que honran a Dios, como la modestia y el arrepentimiento. Podemos aprender valiosas lecciones a través de los pecados y del arrepentimiento de David. Cualquiera, como lo fue David, también puede convertirse en alguien conforme al corazón de Dios.

AUTOR Y FECHA DE ESCRITURA: Anónimo, quizás alrededor del 950 a.C. durante el reinado de Salomón. Algunos han sugerido que posiblemente fue Zabud el hijo de Natán (1   Reyes 4: 5). El libro también incluye escritos de Natán y de Gad (1   Crónicas 29: 29).

B&H Español Editorial Staff. Guía esencial de la Biblia: Caminando a través de los 66 libros de la biblia (pp. 169-170). B&H Publishing Group. Edición de Kindle.

(2) Tyndale. Biblia de estudio del diario vivir NTV (Spanish Edition) (p. 1090). Tyndale House Publishers. Edición de Kindle.

David se entera de la muerte de Saúl

Después de la muerte de Saúl, David regresó de su victoria sobre los amalecitas y pasó dos días en Siclag. Al tercer día llegó un hombre del campamento del ejército de Saúl con sus ropas rasgadas y polvo sobre la cabeza en señal de duelo. El hombre cayó al suelo y se postró delante de David con profundo respeto.

—¿De dónde vienes?—le preguntó David.

—Me escapé del campamento israelita—le respondió el hombre.

—¿Qué sucedió?—preguntó David—. Cuéntame lo que pasó en la batalla.

—Todo nuestro ejército huyó de la batalla—le contó—. Murieron muchos hombres. Saúl y su hijo Jonatán también están muertos.

—¿Cómo sabes que Saúl y Jonatán están muertos?—le insistió David al joven.

El hombre respondió:

—Sucedió que yo estaba en el monte Gilboa, y allí estaba Saúl apoyado en su lanza mientras se acercaban los enemigos en sus carros de guerra. Cuando se dio vuelta y me vio, me gritó que me acercara a él. “¿Qué quiere que haga?”, le pregunté y él me contestó: “¿Quién eres?”. Le respondí: “Soy un amalecita”. Entonces me suplicó: “Ven aquí y sácame de mi sufrimiento, porque el dolor es terrible y quiero morir”.

10 »De modo que lo maté—dijo el amalecita a David—, porque me di cuenta de que no iba a vivir. Luego tomé su corona y su brazalete y se los he traído a usted, mi señor.

11 Al escuchar las noticias, David y sus hombres rasgaron sus ropas en señal de dolor. 12 Hicieron duelo, lloraron y ayunaron todo el día por Saúl y su hijo Jonatán, también por el ejército del Señor y por la nación de Israel, porque ese día habían muerto a espada.

13 Luego David le dijo al joven que trajo la noticia:

—¿De dónde eres?

—Soy un extranjero—contestó—, un amalecita que vive en su tierra.

14 —¿Y cómo no tuviste temor de matar al ungido del Señor?—le preguntó David.

15 Entonces le ordenó a uno de sus hombres:

—¡Mátalo!

Enseguida el hombre le clavó su espada al amalecita y lo mató, 16 y David dijo:

—Te condenaste a ti mismo al confesar que mataste al ungido del Señor.

Canto de David por Saúl y Jonatán

17 David compuso un canto fúnebre por Saúl y Jonatán, 18 y ordenó que se lo enseñaran al pueblo de Judá. Es conocido como el Cántico del arco y está registrado en El libro de Jaser:[a]

19 ¡Oh Israel, tu orgullo y tu alegría yacen muertos en las colinas!
    ¡Oh, cómo han caído los héroes poderosos!
20 No lo anuncien en Gat,
    ni lo proclamen en las calles de Ascalón,
o las hijas de los filisteos se alegrarán
    y los paganos se reirán con aires de triunfo.

21 Oh montes de Gilboa,
    que no caiga sobre ustedes lluvia ni rocío,
    ni haya campos fructíferos que produzcan ofrendas de grano.[b]
Pues fue allí donde se contaminó el escudo de los héroes poderosos;
    el escudo de Saúl ya no será ungido con aceite.
22 El arco de Jonatán era potente,
    y la espada de Saúl realizó su trabajo mortífero.
Derramaron la sangre de sus enemigos
    y atravesaron a muchos héroes poderosos.

23 ¡Cuán amados y agradables fueron Saúl y Jonatán!
    Estuvieron juntos en la vida y en la muerte.
Eran más rápidos que águilas,
    más fuertes que leones.
24 Oh mujeres de Israel, lloren por Saúl,
porque él las vistió con lujosas ropas escarlatas,
    con prendas adornadas de oro.

25 ¡Oh, cómo han caído los héroes poderosos en batalla!
    Jonatán yace muerto en las colinas.
26 ¡Cómo lloro por ti, Jonatán, hermano mío!
    ¡Oh, cuánto te amaba!
Tu amor por mí fue profundo,
    ¡más profundo que el amor de las mujeres!

27 ¡Oh, cómo han caído los héroes poderosos!
    Despojados de sus armas, yacen muertos.

David es ungido rey de Judá

Después de esto, David le preguntó al Señor:

—¿Debo regresar a alguna de las ciudades de Judá?

—Sí—respondió el Señor.

—¿A qué ciudad debo ir?—preguntó David.

—A Hebrón—contestó el Señor.

Las dos esposas de David eran Ahinoam de Jezreel y Abigail, la viuda de Nabal de Carmelo. David, sus esposas y los hombres de David junto con sus familias se mudaron a Judá, y se establecieron en las aldeas cercanas a Hebrón. Después llegaron los hombres de Judá y ungieron a David rey del pueblo de Judá.

Cuando David se enteró de que los hombres de Jabes de Galaad habían enterrado a Saúl, les envió el siguiente mensaje: «Que el Señor los bendiga por haber sido tan leales a su señor Saúl y por haberle dado un entierro digno. ¡Que el Señor, a cambio, sea leal a ustedes y los recompense con su amor inagotable! Yo también los recompensaré por lo que han hecho. Ahora que Saúl ha muerto, les pido que sean mis súbditos valientes y leales, igual que el pueblo de Judá, que me ha ungido como su nuevo rey».

Is-boset es proclamado rey de Israel

Sin embargo, Abner, hijo de Ner, comandante del ejército de Saúl, ya había ido a Mahanaim con Is-boset,[c] hijo de Saúl. Allí proclamó a Is-boset rey de Galaad, de Jezreel, de Efraín, de Benjamín, de la tierra de los gesuritas y del resto de Israel.

10 Is-boset, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando llegó a ser rey, y gobernó desde Mahanaim dos años. Mientras tanto, el pueblo de Judá permaneció leal a David. 11 David hizo de Hebrón su ciudad capital y gobernó como rey de Judá siete años y medio.

Jesús anuncia su muerte

20 Algunos griegos que habían ido a Jerusalén para celebrar la Pascua 21 le hicieron una visita a Felipe, que era de Betsaida de Galilea. Le dijeron: «Señor, queremos conocer a Jesús». 22 Felipe se lo comentó a Andrés, y juntos fueron a preguntarle a Jesús.

23 Jesús respondió: «Ya ha llegado el momento para que el Hijo del Hombre[a] entre en su gloria. 24 Les digo la verdad, el grano de trigo, a menos que sea sembrado en la tierra y muera, queda solo. Sin embargo, su muerte producirá muchos granos nuevos, una abundante cosecha de nuevas vidas. 25 Los que aman su vida en este mundo la perderán. Los que no le dan importancia a su vida en este mundo la conservarán por toda la eternidad. 26 Todo el que quiera servirme debe seguirme, porque mis siervos tienen que estar donde yo estoy. El Padre honrará a todo el que me sirva.

27 »Ahora mi alma está muy entristecida. ¿Acaso debería orar: “Padre, sálvame de esta hora”? ¡Pero esa es precisamente la razón por la que vine! 28 Padre, glorifica tu nombre».

Entonces habló una voz del cielo: «Ya he glorificado mi nombre y lo haré otra vez». 29 Al oír la voz, algunos de la multitud pensaron que era un trueno, mientras que otros decían que un ángel le había hablado.

30 Entonces Jesús les dijo: «La voz fue para beneficio de ustedes, no mío. 31 Ha llegado el tiempo de juzgar a este mundo, cuando Satanás—quien gobierna este mundo—será expulsado. 32 Y, cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33 Con eso quería dar a entender de qué forma iba a morir.

34 La multitud respondió:

—Según entendimos de las Escrituras,[b] el Mesías vivirá para siempre. ¿Cómo puedes decir, entonces, que el Hijo del Hombre va a morir? Además, ¿quién es este Hijo del Hombre?

35 Jesús contestó:

—Mi luz brillará para ustedes solo un poco más de tiempo. Caminen en la luz mientras puedan, para que la oscuridad no los tome por sorpresa, porque los que andan en la oscuridad no pueden ver adónde van. 36 Pongan su confianza en la luz mientras aún haya tiempo; entonces se convertirán en hijos de la luz.

Después de decir esas cosas, Jesús salió y desapareció de la vista de ellos.

Incredulidad de la gente

37 A pesar de todas las señales milagrosas que Jesús había hecho, la mayoría de la gente aún no creía en él. 38 Eso era precisamente lo que el profeta Isaías había predicho:

«Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje?
    ¿A quién ha revelado el Señor su brazo poderoso?»[c].

39 Pero la gente no podía creer, porque como también dijo Isaías:

40 «El Señor les ha cegado los ojos
    y les ha endurecido el corazón,
para que sus ojos no puedan ver
    y su corazón no pueda entender
y ellos no puedan volver a mí
    para que yo los sane»[d].

41 Isaías se refería a Jesús cuando dijo esas palabras, porque vio el futuro y habló de la gloria del Mesías. 42 Sin embargo, hubo muchos que sí creyeron en él—entre ellos algunos líderes judíos—, pero no lo admitían por temor a que los fariseos los expulsaran de la sinagoga, 43 porque amaban más la aprobación humana que la aprobación de Dios.

44 Jesús le gritó a la multitud: «Si confían en mí, no confían solo en mí, sino también en Dios, quien me envió. 45 Pues, cuando me ven a mí, están viendo al que me envió. 46 Yo he venido como una luz para brillar en este mundo de oscuridad, a fin de que todos los que pongan su confianza en mí no queden más en la oscuridad. 47 No voy a juzgar a los que me oyen pero no me obedecen, porque he venido para salvar al mundo y no para juzgarlo. 48 Pero todos los que me rechazan a mí y rechazan mi mensaje serán juzgados el día del juicio por la verdad que yo he hablado. 49 Yo no hablo con autoridad propia; el Padre, quien me envió, me ha ordenado qué decir y cómo decirlo. 50 Y sé que sus mandatos llevan a la vida eterna; por eso digo todo lo que el Padre me indica que diga».

19 Ábranme las puertas por donde entran los justos,
    y entraré y daré gracias al Señor.
20 Estas puertas conducen a la presencia del Señor
    y los justos entran allí.
21 Te doy gracias por contestar mi oración,
    ¡y por darme la victoria!

22 La piedra que los constructores rechazaron
    ahora se ha convertido en la piedra principal.
23 Esto es obra del Señor
    y es maravilloso verlo.
24 Este es el día que hizo el Señor;
    nos gozaremos y alegraremos en él.
25 Te rogamos, Señor, por favor, sálvanos.
    Te rogamos, por favor, Señor, haznos triunfar.
26 Bendigan al que viene en el nombre del Señor.
    Desde la casa del Señor, los bendecimos.
27 El Señor es Dios y brilla sobre nosotros.
    Lleven el sacrificio y átenlo con cuerdas sobre el altar.
28 ¡Tú eres mi Dios y te alabaré!
    ¡Eres mi Dios y te exaltaré!

29 ¡Den gracias al Señor, porque él es bueno!
    Su fiel amor perdura para siempre.

27 El avaro causa mucho dolor a toda la familia,
    pero los que odian el soborno vivirán.

28 El corazón del justo piensa bien antes de hablar;
    la boca de los perversos rebosa de palabras malvadas.

  1. Todo el texto bíblico ha sido tomado de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © 2010 Tyndale House Foundation. Edición de Kindle. ↩︎